2 piedras – Microrelato

Allí, delante del cuerpo sin vida de Ramón,  nos encontrábamos, el uno frente al otro, Cesar y yo. Mirándonos a los ojos y, prácticamente, leyendo en la mirada del otro sus pensamientos.

En ese mismo instante lo entendí, y supe lo que debía hacer. Me lance sobre él colocando mis manos en su cuello tan rápido que ni le dio tiempo a defenderse, y cayó hacía atrás golpeándose la en cabeza con la mesa. Lo coloqué junto a Ramón y me quede observándolos, allí, inertes y con la misma vida que mostraría una piedra.

Ahora tenía que buscar al asesino de mis dos amigos.


Nos seguiremos leyendo.

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2 piedras – Microrelato

Ella – microrelato

Últimamente, no se muy bien por que, me encuentro bastante fuera de mi zona de confort. Esto, lejos de resultarme un problema, es algo que intento forzar o mantener para obligarme a superar ciertas cosas. Viéndome fuera de este espacio se me ha ocurrido trasladar esta incomodidad al texto y he decidido escribir sobre uno de los temas que, creo, más extraños me resultan (en cuanto a lo literario se refiere claro), la mujer.

El siguiente paso, por supuesto, es mostrarlo, y eso es algo que me cuesta más. Por norma general, soy muy escrupuloso con enseñar a nadie lo que escribo si no estoy seguro de mi satisfacción. Pero ya que no estoy, para nada, en mi terreno he pensado en enseñároslo.

Os pido, o más bien os ruego, que si leéis el siguiente texto me deis una opinión. Pero una opinión sincera, con sus pros y sus contras, sin miedo a que me ofenda o no acepte dicha critica. Por supuesto, no se si alguien llegará a hacer esto, pero solo por el hecho de leerlo ya os lo agradezco.


Había sido otro día de mierda, en uno de los peores meses del peor año que recuerdo, pero por fin volvía a casa. Sentado con la cabeza apoyada en la ventanilla del vagón del metro, veía pasar uno tras otro los distintos carteles publicitarios que querían decirme como ser, como vestirme, que comer… Veía a la gente en las estaciones en las que parábamos, todos agolpados, con prisa por llegar a algún sitio o por volver de él. Pero todo daba igual, por fin volvía a casa.

No recuerdo que parada era, no logro darme cuenta si llevaba mucho tiempo allí o acababa de sentarme, pero si que me acuerdo de que aquella estación llamó mi atención. Al contrario que el resto, esta estaba desierta, no había nadie. Salvo ella.

Siempre me he burlado de toda esa gente que me hablaba del amor a primera vista y sus tonterías románticas, pero lo juro, en ese momento me enamore. La vi aparecer desde detrás de una columna, parecía que se moviera a cámara lenta. Quizás fuera mi cansancio, o quizás que mi corazón se detuvo por un momento, no lo se. Ella andaba segura de si misma, dejando que su pelo cayera sobre sus hombros y los brillos caoba que emanaban de sus rizos inundaban la estación, tiñendo la luz en sepia, adaptando el ambiente a ella. Por un segundo, solo un segundo, estoy seguro de que sus ojos se posaron en mi, lo noté, se que me vio, y como si no quisiera que yo lo supiera hizo que continuaran recorriendo el vagón. Se que no buscaba a nadie, solo quería verme, solo un segundo, y nada más.

No podría describir con mis propias palabras la sensual forma de sus labios ni la forma en la que ella los utilizaba para atraerme. ¿Cómo lo habrá hecho para que brillaran tanto? El tono rosa que los pintaba no era natural, pero no puedo imaginarlos de ningún otro modo, sencillamente eran perfectos. Hechos para hacer que un hombre no se pueda negar a besarlos y una vez que los haya probado, ser suyo para siempre. Hubiera atravesado el cristal para chocarlos con los míos si mis piernas hubiesen respondido, pero mi capacidad motriz estaba anulada. Toda mi energía estaba concentrada en ella. En su piel, que en cualquier otra mujer hubiera resultado demasiado pálida, pero no en ella. Casi podría jurar que la luz se suavizó cuando apareció haciendo que las sombras desaparecieran. Allí todo era luz y belleza.

La vi andar, apenas unos pasos me bastaron para ver lo segura de si misma y decidida que era, la forma en la que su falda acariciaba sus rodillas y, estoy seguro, sin llegar a tocarlas volvía a su sitio.

Puede, no lo se, que aquella parada solo durara un par de segundo, o puede que estuviéramos allí durante horas, pero mi cabeza era una locomotora a máxima potencia. Me veía a mi mismo bajar de aquel frío vagón e introducirme en su mundo de perfección. Veía como se giraba para sonreírme al acercarme a ella y como sus brazos, fuertes aunque de apariencia frágil, rodeaban mi cuello para darme un abrazo, un beso, susurrarme un te quiero al oído. Me veía a mi mismo en aquel frío vagón alejándome y olvidándome de, que por unos segundos, estuve enamorado.


Si habéis llegado hasta aquí solo me queda daros las gracias. Espero que haya sido de vuestro agrado.

Nos seguiremos leyendo.

Ella – microrelato