La máquina del tiempo (H. G. Wells, 1895) Reseña

Hoy traigo una de esas reseñas que vienen acompañadas de una especie de reencuentro. Y es que, desde que caí en las páginas de La guerra de los mundos, hace ya algún tiempo, tuve claro que debía de conocer mucho más a fondo la obra de este autor. Por desgracia, aunque el libro llevaba ya tiempo conmigo —casi un año—, aún no había dado con el momento para poder leerlo. Hasta ahora. Una de esas cosas que quería hacer antes de terminar 2022 era tachar este libro de mi lista y, cosa rara, he aquí un reto cumplido (justito, sí, pero cumplido).

La máquina del tiempo es, a grandes rasgos, la narración que hace el creador de la citada máquina a sus invitados, durante una cena, de sus desventuras y descubrimientos durante su accidentado viaje de prueba a través del tiempo. Un viaje casi fortuito que lo llevó a un mundo que, si bien sigue siendo de alguna forma el que conocemos, no es el nuestro. Un delirio en una época en el que el tiempo y los avances tecnológicos han llevado a la humanidad a evolucionar de una forma que nadie se había imaginado. Acompañando esta novela —bastante corta— encontré los aquí llamados Relatos del tiempo y el espacio: una colección de once relatos, todo ellos escritos entre 1894 y 1906, que sin tener ninguna conexión real con la historia previamente narrada, son un ejemplo perfecto del estilo y la mente de este autor. 

En lo poco que he leído de H. G. Wells he encontrado, siempre, un excelente equilibrio entre idea y forma; tratando temas complejos y profundos desde ángulos que los hacen ver asequibles y que, finalmente, ofrecen una lectura amena y no demasiado exigente. Esto es lo que yo llamo la trampa. Porque a pesar de su aparente simplicidad, de que su historia se lea como un cuento infantil, Wells es incapaz de alejarse de la profundidad de sus historias. Ya sea por lo complejo de sus ideas, o por las reflexiones que en estas nos ofrecen, el escritor siempre consigue llevarnos un paso más allá. Y lo hace de una forma entretenida y didáctica, algo que siempre es de agradecer.

Personalmente, destacaría dos detallitos que poco o nada tienen que ver en realidad con la novela. El primero sería que se nota, después de haber leído La guerra de los mundos, que esta es su primera novela (una primera novela notable, por cierto). Y aunque no le pongo un pero, se me antoja que hay una interesante evolución como escritor al comparar ambos (y no hay tanto tiempo entre ellos). El otro, quizás más personal si se me permite, es lo sorprendente que me parece que personas como el propio Wells o contemporáneos como Julio Verne —indiscutibles padres de la ciencia ficción como hoy la entendemos— tuvieran tan claro y fueran capaces de llevar sus ideas tan lejos y tan bien.

Dicho esto, tanto La máquina del tiempo como los distintos relatos que componen Relatos del tiempo y el espacio han supuesto lecturas interesantes, entretenidas y que han conseguido despertar mi curiosidad en distintas direcciones; al igual que, creo, reflejan distintas ideas del autor. Un escritor que me gusta un poco más con cada lectura y del que estoy deseando ir conociendo su obra, así como ir descubriendo hacia donde fue enfocando sus ideas con el tiempo.

Por si alguien tiene curiosidad, y antes de despedirme, os dejo los títulos de los relatos que componen esos Relatos del tiempo y el espacio: El bacilo robado, Los argonautas del aire, El extraño caso de los ojos de Davison, La historia de Pattner, Los atacantes del mar, La esfera de cristal, La estrella, El nuevo acelerador, Un sueño de Armageddon, Los acorazados terrestres y La puerta del muro.

Nos seguiremos leyendo.

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La máquina del tiempo (H. G. Wells, 1895) Reseña

Nada (Carmen Laforet, 1945) Reseña

Hay, inevitablemente, títulos que todo lector acaba conociendo o tiene que conocer. El libro de hoy puede ser un buen ejemplo de esto. Creo que esta novela me ha perseguido durante años, pero ha sido una de esas cosas que, sin motivo alguno, siempre acababan escapando de mí. Fue el año pasado, si no recuerdo mal, cuando se celebró el centenario del nacimiento de su autora y, este, su trabajo más conocido, comenzó a aparecer por todas partes, invadiendo las librerías e internet. Supongo que fue una excusa tan buena como cualquier otra para hacerme, por fin, con su novela y descubrir tanto a la obra como a la autora misma y, a la par, cumplir con ese propósito de conocer un poco más la literatura patria.

En Nada viajamos a Barcelona, esa Barcelona llena de esperanzas, del bullicio de las gentes que la pueblan y las esperanzas que llevamos con nosotros. Al menos así se imagina Andrea, nuestra protagonista, la ciudad a través de los recuerdos de cuando era niña. Pero apenas llega a casa de su abuela, donde residirá mientras estudie, descubre que sus sueños e imaginaciones poco tienen que ver con lo que allí la espera. Aquella casa, en la calle Aribau, es oscura, sucia y parece bastante destartalada, algo así como la gente que la habita. Allí vivirá Andrea junto a su abuelita, su controladora tía Angustias, sus tíos Román y Juan, Gloría (la mujer de este último) y la inquietante criada Antonia. Esa casa será un ambiente tenso y violento que, con un poco de suerte, encontrará su contrapunto en la vida universitaria y en la ciudad.

Carmen Laforet es una de esas autoras que engañan, que esconden, bajo una apariencia sencilla, un texto mucho más completo y complejo de lo que pueda parecer a simple vista. Y, sí, posiblemente podría haber sido aún más profunda en ciertos momentos o aspectos dentro de esta obra, pero me parece que, más que aportar, esos añadidos hubieran lastrado el avance de una novela que ya funciona perfectamente tal como está. Digo esto porque, aunque no se profundiza por igual en todos los aspectos, toda la obra está escrita desde el punto de vista de Andrea. Joven, recién llegada a un mundo desconocido, en pleno desarrollo, curiosa y olvidadiza a la vez… apenas se nos habla de ella, pero es tan difícil no conocerla. Porque en Nada se nos habla de lo que ella ve e, inevitablemente, la vemos reflejada es sus pensamientos y en sus ausencias.

Ese estilo engañoso de la autora del que hablaba antes, nos permite encontrar aquí una novela que puede parecer que se lee sola. Sin embargo, este es un libro que nos exige un gran esfuerzo por ver todo lo que se nos ofrece más allá de esa lectura superficial. Porque una gran parte del interés de esta novela, al menos para mí, se halla en las cosas que no se nos cuentan o que nos llegan, prácticamente, de refilón. Porque allí, en ese momento, no fueron importantes para Andrea. 

Como he dicho antes, nuestra protagonista no habla o piensa demasiado en sí misma, así, son los elementos que la rodean quienes van dando forma a la historia. Su familia, compañeros en esa destartalada y oscura casa; la gente de la universidad, que le abrirán las puertas a ese otro mundo que (menos mal) no puede descubrir en la casa de Aribau… son las personas que, sin que ella lo sepan, irán condicionando y descubriendo el mundo a nuestra pequeña Andrea.

Se dice (no sé si será cierto o no) que, con esta novela, Carmen Laforet no solamente ganó el primer Premio Nadal, sino que inauguro toda una nueva época para la literatura española. No soy yo capaz de juzgar estas cosas, pero me cuesta poco esfuerzo imaginar, viendo cómo la ha tratado el tiempo, lo significativa que pudo ser, y es, esta novela. Dicho esto, me acerco a mi clásica despedida enunciando una de esas cosas que me ayudan a pensar que un libro ha valido la pena: no creo que esta sea la última vez que pasé por las páginas de uno de los libros de esta autora.

Nos seguiremos leyendo.

Nada (Carmen Laforet, 1945) Reseña

El cartero siempre llama dos veces (James M. Cain, 1934) Reseña

Una de mis mayores deudas pendientes con la literatura la tengo con la novela negra clásica. No estoy seguro de si llegué a ella a través de mi adorado Jim Thompson o de James Ellroy y su Cuarteto de Los Ángeles, pero es un género literario por el que siento un especial aprecio y, del que, por el motivo que sea, no puedo evitar mantener una cierta distancia. Supongo que es debido a esa cosa horrible que hago de no acercarme demasiado a ciertas cosas que me han gustado por temor a que se rompa el hechizo, quién sabe. Pero es una de esas heridas que estoy decidido a curar y, de aquí en adelante, pienso volver a introducirme en ese noir tradicional y sus oscuros callejones.

En El cartero siempre llama dos veces seguimos la historia de Frank, un joven vagabundo que recorre el país viviendo, como puede, de pequeñas estafas y viajando oculto en cajones de tren. Frank es descubierto por el dueño del restaurante/gasolinera en el que se disponía a llevar a cavo uno de estos engaños con el fin de comer gratis, pero, para su sorpresa, en lugar de echarlo a patadas, le ofrecen trabajo. Lejos de ser alguien a quien le interese trabajar y llevar una vida normal, Frank desconfía de esta oferta, pero su irrefrenable atracción por Cora, la mujer del propietario, hará que se decida a pasar allí un tiempo. Quizás, después de todo, sus vidas sí cambien para siempre.

James M. Cain es uno de los grandes referentes de la novela negra y, como con casi todos los escritores que le acompañan en ese título, leerlo era una de mis grandes obligaciones pendientes. Algo que me hace plantearme lo poco que he profundizado, en realidad, en este género (y en tantos otros). Hay dos ideas que acudieron rápidamente a mi cabeza cuando leí esta novela: la primera era que la aparente sencillez del estilo de su autor, hacía que esta lectura, ya de por sí breve (apenas 120 páginas), se leyera rapidísimo; la segunda, que esta es una novela perfecta para introducirse en la novela negra tradicional. Por su tono, su ritmo, su historia… El cartero siempre llama dos veces es, desde hoy, la novela que recomendaré cuando me pregunten por qué lectura adentrarse en este género. 

Admitiré que tengo curiosidad por conocer más su obra. Y no porque me haya fascinado o haya dejado de hacerlo, sino porque no me ha parecido esta una de esas narraciones en las que sientes que conoces al autor y su forma de trabajar. Me quedo con la curiosidad de saber si siempre juega en estas alturas o profundiza más en sus personajes. En este aspecto no he podido evitar compararlo con Jim Thompson, y, sí, aquí el señor M. Cain sale perdiendo. Pero no le juzguemos con dureza, prácticamente todos pierden ante Thompson. Por el contrario, esta novela es un soplo de aire denso como ha de serlo siempre la atmósfera que acompaña a estos textos, un libro en el que, siendo apenas insinuado, puedes llegar a oler el sudor, el bueno y el malo, de sus personajes.

Si algo saco de esta lectura, más allá de haberla disfrutado en gran medida y recuperado una historia que tenía más olvidada de lo que imaginaba, es que esta deuda con uno de los géneros que más me ayudó a adentrarme en la literatura es algo que debo de pagar cuanto antes. Así, con una especial dedicación a este autor, supongo que tendré que recuperar mi camino a través de este tipo de lecturas y hacer algo que debí de haber hecho hace mucho tiempo, conocer a sus maestros.

Nos seguiremos leyendo.

El cartero siempre llama dos veces (James M. Cain, 1934) Reseña

Lord Jim (Joseph Conrad, 1900) Reseña


Voy a ser sincero y dejar claro que la primera entrada del año viene con trampa. Porque aunque aún faltaba alguna cosa, ésta reseña (y las 4 o 5 próximas, aviso) llevan escritas desde el año pasado. Pero como nunca tengo muy claro cuando voy a poder terminarla y publicarlas, se me acumulan y pasan estas cosas… Dicho esto, espero que la disfrutéis.

Hace un año largo, quizá dos, caía por primera vez en las páginas de este autor. Lo hacía con la curiosidad de conocer una de esas obras que, de alguna forma, siempre parecían estar rondando a mi alrededor. No tenía ni idea, en aquel momento, de que no mucho más tarde encontraría esta lectura, del mismo escritor, entre la colección de clásicos que liberé de mis padres y que tanto y tan bien me ha nutrido en los últimos años. Ahora que por fin he terminado esta lectura, se me ocurre que, a veces, es bonito como el destino, la suerte, el azar, o como lo queráis llamar, sitúan las cosas en el orden adecuado sin que uno haya de intervenir. Pero esa es una idea para más adelante, ahora, vayamos a la lectura.

Lord Jim, o Jim, como podríamos decir que se llama nuestro héroe, es un marinero británico que siempre ha querido demostrar su valía en la mar. Pero a veces nuestras esperanzas y la realidad no coinciden y nuestro protagonista se ve implicado en un vergonzoso suceso que echará por tierra todas sus aspiraciones. Ahora, corroído por la vergüenza y el fracaso, la historia de Jim nos mostrará a un joven fuerte, dispuesto a hacer frente a las consecuencias, sean cuales sean, y en una búsqueda absoluta de una redención personal que no sabe si alguna vez encontrará en un mundo que del que no puede huir por más que lo intente.

Joseph Conrad nos presenta, en esta novela, a un personaje realmente único. Un hombre lleno de contradicciones, que se aborrece a sí mismo y que, al mismo tiempo, se tiene por un gran hombre que aún no ha podido demostrar que lo es. Así, a través de la narración del Capitán Marlow, descubrimos no sólo a Jim, sino a todos aquellos personajes que pueblan un mundo absolutamente ficticio y real como sólo se puede encontrar en la literatura. 

Echando la vista atrás, me viene a la cabeza el motivo por el que, al comienzo de esta entrada, hacía alusión a como a veces las cosas se sitúan en el orden adecuado. Lord Jim es una novela profunda y compleja, escrita con un cariño hacia su contenido y su protagonista enorme, pero que me ha resultado una lectura extraña. Me explico: cada vez que tenía un rato y lo dedicaba a leer este Lord Jim he tenido la misma sensación de agotamiento; un absoluto cansancio que me hacía replantearme mis ganas de iniciar la lectura y, sin embargo, cada vez que me ponía a leer, la narración de Conrad me atrapaba y me llevaba a ese mundo de marinos, honor y deshonor. No estoy seguro de si esto habla bien o mal de la novela. Supongo que, si me preguntas a mí, diría que bien; pero ha sido una lectura ciertamente agotadora. Y he aquí el porqué de esa idea mía de la que hablaba en la introducción: porque ya había leído El corazón de las tinieblas, y eso, creo, es algo que me ayuda a entender mejor el estilo y las formas del autor. Porque, por mucho que me haya gustado en realidad Lord Jim, si ésta hubiera sido mi primera lectura del autor, me hubiese costado más embarcarme en El corazón de las tinieblas o en cualquier otra novela de Conrad de lo que, ahora que lo conozco, me costará volver a él.

No creo que Conrad nos regale sus novelas. Su estilo, que puede resultar algo recargado y, en ocasiones, repetitivo, oculta auténticas maravillas que harán que el lector se adentre inevitablemente en su mundo, pero le exigirá, a cambio, un esfuerzo lector que no todos los lectores están dispuestos a pagar. Personalmente, creo que vale la pena, pero eso, supongo, es algo que depende de cada uno de nosotros. Después de todo, encontrar lo que buscamos no va a ser siempre fácil y, en ocasiones, requiere que sacrifiquemos más de lo que pensábamos. Pero, normalmente, vale la pena.

Nos seguiremos leyendo.

Lord Jim (Joseph Conrad, 1900) Reseña

Una campaña civil – Saga Vorkosigan 12 (Lois McMaster Bujold, 1999) Reseña

A estas alturas no debería de sorprender a nadie que, una vez más, vuelva a traer por aquí una nueva aventura de mi querida Saga Vorkosigan. Una saga de la que ya he dejado por aquí 11 reseñas (12 con ésta) y que, tristemente, empieza a acercarse a su final. Pero, mientras paseo por esas novelas que leo entre entrega y entrega (que ya no quiero leerme estas sagas literarias de una vez), centrémonos en la aventura que hoy nos atañe. Eso sí, como a estas alturas es imposible que no se pueda dilucidar nada a través de la mínima información que intento dejar por aquí, ahí va mi ya clásica advertencia.

AVISO: Una vez más, haré todo lo que esté en mi mano por evitar todo tipo de spoilers. Si eres de esos tiquismiquis insufribles como yo, pásate por mi reseña de Fragmentos de honor o por El aprendiz de guerrero y ve a tu librería habitual a comprar uno de ellos inmediatamente. Sea como sea, en esta ocasión es imposible no dar a entender demasiadas cosas sobre lo que sucedió en la anterior aventura (Komarr) y lo que ocurrió en aquella historia.

Una campaña civil arranca tras los sucesos ocurridos en Komarr. Miles ha vuelto a casa y todo se está preparando para la boda del emperador Gregor, una situación que, más allá de las múltiples complejidades que obviamente conllevará un enlace de este tipo, permitirá que todos los miembros del clan se reúnan de nuevo. Pero la cabeza de Miles no está abandonada a sus responsabilidades, pues, mientras quiere comportarse adecuadamente y esperar el luto adecuado para cortejar a su admirada Ekaterin, es consciente de que un pelotón de pretendientes aspira, como él, a hacerse con su mano. Esto llevará al joven auditor imperial a comenzar una campaña civil contra todos sus adversarios, pero estos pueden estar buscando conseguir algo más que a su pretendida. Quizás una nueva intriga política se cierna sobre Barrayar.

Lois McMaster Bujold ya me tiene acostumbrado a mezclar bastante bien distintos estilos y géneros en sus novelas, pero aquí nos ofrece algo nuevo. Si ya en alguna de sus últimas obras, como Recuerdos o Danza de espejos, nos adentraba en novelas de crecimiento, aquí nos lanza de cabeza a su versión de una novela romántica de época. Una lectura con inevitables reflejos de Orgullo y prejuicio que mezcla distintas historias y nos abre una nueva faceta tanto de la autora como de sus personajes. Esto es algo que, de alguna manera, ya intentó llevar a cavo sin éxito en Komarr, solo que aquí funciona mucho mejor. Y esto tiene bastante mérito, porque la novela va al límite de lo aceptable y, por momentos, parece que está a punto de convertirse en una parodia de sí misma. Pero no, yo diría que la autora consigue salvar bastante bien el temporal.

Todo esto está, como no puede ser de otra manera, sacado adelante con ese estilo tan habitual en esta escritora, que hace que su obra tenga una lectura adictiva y sencilla, que guarda el peso principal de la obra, como siempre, a sus personajes. Porque, para mí, la base de sus novelas son los personajes y la personalidad que McMaster Bujold consigue insuflarles. E incluso, más allá de esa personalidad, la forma en la que los vemos crecer y madurar.

Tampoco vamos a negar que le podríamos poner unas cuantas pegas a la novela, pero eso sería, en gran medida, no darse cuanta de lo que se está leyendo. Porque Una campaña civil, al igual que toda esta Saga Vorkosigan, no pretende ser una novela perfecta, es puro entretenimiento para fans de la ciencia ficción (y para cualquiera, por qué negarlo). Lo único que puedo añadir es que yo, como lector, estoy deseando llegar a la próxima aventura de esta escritora.

Nos seguiremos leyendo.

Una campaña civil – Saga Vorkosigan 12 (Lois McMaster Bujold, 1999) Reseña

Mierda – Relato

No hace mucho me reencontré, curioseando archivos antiguos, con uno de los relatos que escribí cuando, hace unos cuantos años ya (quizás diez o quince), quise probar a escribir alguna cosa y tenía tiempo para hacerlo. Después de darle unas cuantas vueltas me decidí a hacerlo público aquí. Esta es, más allá de algún otro texto que tengo por aquí publicado, la primera vez que muestro un escrito mío más o menos en serio. Es, por así decirlo, mi regalo de Navidad para vosotros. Espero que lo disfrutéis y me dejéis vuestras impresiones:


El motor del coche tose cuando la luz del semáforo se tiñe de verde y yo acelero. Le doy una calada a mi cigarro y me viene a la cabeza la cara del idiota que me acaba de rechazar. Esta vez por lo menos se han molestado en buscar una excusa, lo normal es que me digan que no tienen nada para un payaso retirado o que se rían al verlo en mi curriculum. Decidido, lo voy a eliminar de él.

La siguiente vez que me detengo en un semáforo veo mi reflejo en el escaparate de una tienda –calvo de mierda–. Lanzo la colilla de mi cigarro contra mi otro yo y arranco.

Aparco a tres calles de mi casa y, como si tuviera un radar, ahí está ese mocoso esperándome. El maldito crío me vio una vez por la tele, en una reposición o algo, y le hice gracia, desde que me conoció no deja de seguirme. En otra época no me importaba, me gustaban esas sonrisas en las caras de los niños, pero ahora solo me queda ese repelente crio de medio metro, con su pelo rubio y sus mocos colgando, recordándome que una vez fui alguien. Se acerca son su chaqueta desgastada y sus pantalones carcomidos para decirme que ha encontrado un video mío en internet. Le digo que no me importa sin dejar de andar, pero el niño me sigue. Es imposible ser tan pesado siendo tan pequeño. Le mando a la mierda y acelero el paso, pero él, con sus pequeñas piernas, consigue seguirme el ritmo. Todos los días tengo que aguantarlo, todos los días tengo que recordar que durante un momento fui una pequeña estrella. Que le gustaba a la gente. ¿Dónde están ahora esos hipócritas?

El chico esquiva la puerta del portal cuando se la cierro en las narices y consigue colarse dentro. Le digo que se largue, pero no me escucha ni, por supuesto, para de hablar.

–Y hay un video en el que sales haciendo muñecos con globos. Podías hacerme uno. Una vez vi a un payaso que lo hacía, pero me gusta más como los haces tú. Hay un video en internet que…

Cierro la puerta de casa de un portazo y el niño se calla, por fin. Espero haberle dado en las narices. Pero incluso desde dentro no puedo evitar oírle gritar a través de la madera que nos separa.

–Hasta mañana.

Como me irrita…

Cojo un vaso de la cocina y abro el congelador. Me encanta el sonido de los hielos chocando contra el vidrio, el único sonido que me gusta más es el que hacen cuando el whisky los baña y ellos crujen con su calor. Atravieso el salón con mi copa en una mano y la botella de licor en la otra. Doy una patada a un par de cartones de vino que hay en el suelo y hago un hueco en la mesita que hay junto al sillón. Una botella choca contra el suelo, pero no se rompe. No importa, está vacía. Me dejo caer sobre la butaca, saboreo un largo trago de mi vaso y saco un trozo de caja de pizza de debajo de mi culo. Enciendo la tele y Kevin Spacey interpreta a un cojo al que interroga la policía.

Me acabo la botella, Kayser Söze se aleja en un coche y yo salgo de casa camino del bar. Cuando acostumbras a beber solo te das cuenta de algunas costumbres que tienen todos los borrachos. Si alguien entra en un bar y, aun estando vacío, se sienta junto al grifo de cerveza, es por algo. Y como no, allí es donde me siento cuando cruzo el umbral que separa la calle de la barra.

El camarero me pone una cerveza delante y yo arrastro el periódico junto a mí. Busco la sección de empleos, y vuelvo a leer los mismos anuncios que veo todos los días. Todos han preferido seguir buscando a alguien antes que contratar a un viejo payaso.

La puerta del bar golpea contra la pared y me giro para ver quién entra. Un grupo de chicas, de unos veinte años, entran cotilleando entre ellas. No dejo de mirarlas y ellas comienzan a mirarme y susurrar cosas. Les saludo con un movimiento de cabeza y ellas se ríen mientras se van. Irse porque las haya saludado me parece algo exagerado. Acabo mi cerveza y salgo del local tambaleándome un poco más que cuando entré.

Me enciendo un cigarro sujetándome a la puerta para mantener el equilibrio y, cuando levanto la vista, zas, allí está otra vez, el maldito crío. Mientras se me acerca rememoro todas las veces que me ha recordado lo orgulloso que estuve de mí en otra época. Todos los recuerdos que me ha devuelto. Le mando a la mierda y pongo rumbo a casa. Estoy bastante borracho y a mitad de camino me tengo que sujetar a una farola para no caer. El chico, a unos metros de mí, sale corriendo de no sé donde para ayudarme, pero yo me aparto de un empujón y le grito que me deje en paz y se vaya a casa.

Tumbado en mi cama, no consigo dormir, me veo a mí mismo en la pista del circo, rodeado de niños que sonríen a sus padres y tiran de sus mangas para que me miren. Para que se sientan niños un poco más. Los focos me ciegan, pero no necesito ver, conozco mi número a la perfección. Noto sus miradas clavadas en mí cuando el jefe de pista aparece por mi espalda y todos gritan para avisarme, yo hago como que no los entiendo y le esquivo acercándome al público para preguntarles lo que pasa. Cuando vuelve a estar muy cerca de mí le esquivo con un giro y todos los niños se ríen. Os aseguro que no existe en el mundo una sensación así. Es realmente indescriptible, completamente inefable. Auténtica magia. 

En mi cabeza me doy la vuelta y me choco, nariz con nariz, con el jefe de pista, cayéndome al suelo y haciendo que el público me premie con un estruendoso aplauso. En mi cama, lejos de poder mantener la tristeza de mis alegres recuerdos, estoy solo, sin trabajo, casi sin dinero, y el único público que me queda es mi vecina, encerrada en su casa, gritándole a la tele mientras su enorme culo crece aún más. Aquí, ahora, estoy solo, con mi botella de whisky. Sólo soy un despojo al que nadie quiere cerca.

Por la mañana entro en tres establecimientos en busca de un trabajo, en los dos primeros me rechazan, del tercero me echan por estar borracho. ¿Qué sabrán ellos?

Vuelvo al bar, pero no llego a entrar. Sentado en un bordillo junto a la puerta está ese maldito niñato, y yo, hoy no estoy para soportar sus tonterías. Me doy la vuelta y compro un cartón de vino en la primera tienda que encuentro. Cuando salgo, me dirijo al parque, está cerca y es tranquilo, allí estaré bien.

Me siento en un banco, en la parte alta del parque, desde donde puedo ver alejarse la ciudad frente a mí. Entre trago y trago puedo ver cómo el cielo se tiñe de ese tono anaranjado mientras anochece. En realidad resulta hasta bonito. Las luces de la ciudad comienzan a encenderse, más o menos, al mismo ritmo que vacío mi cartón y poco a poco, me quedo dormido.

Algo roza mi pierna y me despierto sobresaltado. Tres niños me rodean, me miran con curiosidad mientras uno de ellos intentaba meter la mano en el bolsillo de mi pantalón. En cuanto me ven abrir los ojos salen corriendo. El valor dura lo que tardamos en entender lo que sucede, el resto es como lo afrontamos. Sin darme más tiempo a reaccionar, tropiezo al intentar levantarme y, tirado en el suelo, los veo huir a toda prisa. Si hubiera podido coger aunque fuera a uno, le habría enseñado modales…

Recojo el cartón de vino y lo vuelco, dejando que las últimas gotas caigan al suelo. Lo lanzo colina abajo y deambulo por el parque. Me gusta este sitio por la noche, se puede ver cualquier cosa.

Dejando atrás el banco camino en dirección al lago que se encuentra prácticamente en el centro del lugar, como si de un bonito oasis se tratara. A veces vengo de noche y me tumbo entre los matorrales a tomar algo, algunas incluso he podido ver a alguna pareja un poco borracha jugueteando junto al agua. Una vez, vi a una señora bañarse en él. Hoy lo miro apoyado en un árbol cercano. Veo la luna reflejada en él, y un par de estrellas que brillan junto a esta. Veo el lago como un gran espejo que brilla en la oscuridad y pienso en meterme, pero no. ¿Para qué? Es imposible que alguien pueda ahogarse ahí. Lanzo una piedra y me marcho mientras el desfigurado reflejo se recompone.

Se me está pasando el pedo y decido volver a casa, allí siempre hay algo esperándome. Cuando me faltan un par de manzanas para llegar, veo a una chica tratando de mantener el equilibrio. Dice que se llama Susan, o Susana, o algo así. Me da igual, no se aleja cuando me acerco a ella.

Le digo que la invito a una copa y acepta, así que nos dirigimos al bar. No veo rastro del chico y, cuando entramos el lugar, está prácticamente desierto. En verdad es un poco tarde. Me acerco a la barra a pedir y el camarero me dice que va a cerrar. Me cuesta casi cinco minutos convencerle de que nos sirva una y luego nos marcharemos. Los dos bebemos mientras hablamos y nos reímos, pero no sé de qué, no entiendo nada de lo que dice.

Me apoyo sobre la barra y le indico al camarero, señalando con mi dedo la copa vacía, que me ponga otra. Me dice que no, que es tarde y nos tenemos que ir. Le repito que me sirva una copa más y cuando vuelve a negarse me levanto de mi asiento lanzándolo al suelo, dispuesto a saltar sobre él. Pero no lo hago, Susan, o Susana, o como sea, me sujeta del brazo. Yo la miro y casi tengo que leer sus labios para entenderla cuando me dice que aquello es una mierda, que vayamos a su casa. Ni siquiera sonrío cuando lo oigo, me limito a enseñarle mi dedo al camarero mientras salimos de allí, agarrados el uno al otro, más para no caernos que otra cosa. 

Resulta que ella también vive bastante cerca del bar. 

En su casa, ella me trae una cerveza de la cocina y me dice que me siente, que va a ponerse algo más cómodo. Lo dice con ese tono que intenta emular a las películas baratas en las que lo ha oído. Me encanta cuando dicen cosas así. Cuando me acabo la cerveza ella aun no ha vuelto, así que me cuelo en la cocina, cojo otra cerveza del frigorífico y vuelvo al sofá a tiempo para verla entrar en el salón cubierta con una bata rosa. Parece que esta vez más cómodo sí que era más cómodo. Se sienta junto a mí y da un trago a su cerveza, yo hago lo mismo y coloco mi mano en su muslo. Poco a poco voy subiendo mi mano, acariciando su piel, ella no dice nada y yo sigo subiendo. Suzan, o como sea, da un trago a su cerveza justo cuando descubro que no lleva bragas. Acaricio su coño con mi dedo y le pregunto casi rozándole el oído, dónde le gusta más. Apenas he terminado la frase, ella se levanta enérgicamente y me dice que soy un cerdo. No tengo tiempo para ofenderme, me agarra de la camisa y me arrastra hasta su cama.

A la mañana siguiente, me despiertan unos golpes. No soy capaz de distinguir si muy fuertes o apenas audibles, sólo sé que en mi cabeza cada golpe parece un martillazo. Entreabro los ojos y me recuerdo donde estoy. A mi espalda, quien-quiera-que-sea se despierta mientras descubro que los golpes provienen de la puerta de la habitación y la oigo decir a quien esté llamando que pase. Me giro para ver quién es y, de repente, como solo podría pasar en una película, el tiempo se para. Casi puedo ver como se detiene el segundero del reloj que hay en la mesilla, puedo ver como la mosca que revolotea sobre nosotros se queda estática y, desde luego, puedo ver como ese maldito crío me mira desde la puerta de la habitación de su madre mientras el aire sale por mi garganta y digo:

-Mierda. 


Si has llegado hasta aquí: gracias. Espero que lo hayas difrutado y no haya sido demasiado pesado. Por supuesto, te invito a dejarme un comentario compartiendo tus impresiones conmigo y, quién sabe, quizá vuelva a intentar escribir algo de nuevo.

Nos seguiremos leyendo.

Mierda – Relato

Gente normal (Sally Rooney, 2018) Reseña

La mayoría de los libros que leo son lecturas que he buscado o me han recomendado de alguna manera, sin embargo, de vez en cuando, llega hasta mí algún libro que no había pensado en leer o que, ni tan siquiera conocía. Este podía ser el caso de esa novela sobre la que hoy escribo. No es que no la conociera, había oído el nombre de su autora y, probablemente, el del libro en sí, pero no era una de esas lecturas que, tras conocer, habían suscitado mi interés y yo había anotado en mi inacabable lista de lecturas pendientes. Aun así, cuando me regalaron este libro, se me ocurrió que podía ser una interesante oportunidad para profundizar un tipo de literatura, más actual, con el que no estoy demasiado familiarizado y en el que, honestamente, no suelo mostrar demasiado afán.

Gente normal es, por simplificarlo un poco, la historia de Connell y la historia de Marianne. Connell, de familia humilde, es uno de los chicos más populares del instituto. Marianne, por el contrario, es la chica retraída del instituto que ha aprendido a vivir apartada. Los dos compañeros de estudios no tienen relación entre sí, salvo por el hecho de que la madre de él limpia la mansión en la que Marianne vive. Allí, de la forma más casual, ha ido surgiendo una sencilla relación que totalmente distinta a la que proyectan en su instituto. Una relación que cambiará la vida de ambos de aquí en adelante, ya que, inevitablemente, ninguno de ellos volverá a ser el mismo.

La segunda novela de Sally Rooney va dando saltos a través de la vida y la relación de estos dos jóvenes, dos personas que sienten una irrefrenable admiración el uno por el otro y que, de alguna forma, no pueden evitar atraerse. Y de eso es un poco de lo que va la novela, de lo que no se puede evitar. De esas formas de pensar que nos acompañan allá donde vayamos, de cómo aceptamos ciertas cosas como propias sin saber si nos han sido impuestas o no, de aprender a vernos a nosotros mismo y entendernos o, simplemente, no hacerlo. 

No puedo negar que tengo mis más y mis menos con esta novela. Gente normal está compuesta con una prosa sencilla pero eficaz, casi edificante en algunas partes y que pone todo su peso en sus personajes y lo que estos piensan. Los sucesos, que no tienen lugar de forma continuada, sino que van saltando de forma lineal a través del tiempo, nos sirven (y le sirven a la autora) para ver esa evolución en una historia que sucede durante unos cuatro años (aunque a mí me ha dado la sensación de que ha pasado mucho más tiempo). Ahí es donde se esconde, para mí, una de las grandes incógnitas de la novela. Muchos de estos espacios vacíos me han parecido esenciales para la obra, momentos decisivos que afectan profundamente a sus protagonistas y que no se encuentran en esta. Así que me quedo con la duda de saber si su autora ha jugado con nosotros para que rellenemos esos espacios, o si, por el contrario, no les dio tanta importancia como yo o, quizá, utilizó esta técnica narrativa para evitar entrar en las escenas más profundas de la mente de sus personajes.

Superado esto, creo que podría decir que he disfrutado de la novela y que, incluso, me ha enganchado más que lecturas más trascendentes y notables; pero no sé si volvería a leer algo de esta autora. Al menos no en un futuro próximo. Quizás sea yo, que me he hecho mayor para este tipo de literatura con una visión más adolescente (que no está nada mal reflejado en la novela), pero hay puntos en los que me cuesta empatizar con un mundo que, a mis ojos, no resulta tan interesante ni tan profundo como pretende ser.

Dicho esto, estoy seguro de que la mayor parte del público, sobre todo el más joven (de entre 16 y 30 aproximadamente, quiero decir), disfrutará de una lectura adictiva y representativa de sus tiempos como puede ser esta.

Nos seguiremos leyendo.

Gente normal (Sally Rooney, 2018) Reseña

La venganza de Nofret (Agatha Christie, 1945) Reseña

Cuando hace un año (quizás dos) decidí incorporar a mi rutina lectora, e ir leyendo, poco a poco, todas esas novelas de esta autora que tenía por casa, no sé si me di cuenta de que, tanto tiempo después, aún seguiría enfrascado en esta misión. Es más, creo que empiezo a aproximarme a la mitad. Una lista de lecturas y misterios con un nombre común. Bueno, con unos cuantos, porque si bien todas estas novelas pertenecen a una única escritora, también es cierto que gran parte de ellas están protagonizadas por un pequeño puñado de personajes. Y aunque un porcentaje impresionante de ellas están protagonizadas por un mismo detective, este no es uno de esos casos. No, en esta ocasión nos encontramos con algo muy diferente.

La venganza de Nofret nos traslada hasta el Antiguo Egipto, allá por el año 2000 A.C. Allí, la joven Reniseb, viuda reciente, ha regresado al hogar de su padre, Imhotep, y su familia. En aquel lugar, se reencontrará con sus hermanos y las mujeres de estos. Un habiente que, para ella, parece no haber cambiado desde que se marchó. Sin embargo, descubrirá que no todo es igual que fue siempre cuando su padre vuelva de un viaje al norte acompañado de su nueva y joven concubina. Nofret, una hermosa joven que no parece acabar de adaptarse a su nuevo entorno y, a cuyo alrededor, todo parece volverse más sombrío. Las cosas parecen ir de mal en peor y las intenciones de la joven concubina se perciben cada vez más oscuras, hasta que una muerte cae sobre el hogar de Imhotep, y los peores temores de la familia comienzan a turbar sus vidas. Ahora, la joven Reniseb, descubrirá que no todo era como ella imaginaba y que su hogar, puede ser un sitio mucho más peligroso de lo que cabía esperar.

Voy a empezar admitiendo que, el que Agatha Christie se aleje de sus formatos habituales y se adentre en una historia como esta, en el Antiguo Egipto, me deja un sabor de boca algo agridulce. Siempre –insisto–, siempre, me parecerá bien que un autor experimente y pruebe cosas nuevas. Y, aunque a priori sorprende un poco ver este viaje de la mano de Agatha Christie, sigue impreso en él todo ese carácter que la autora acostumbró a dejar en sus novelas. Admitiré igualmente que es, de entre sus novelas, posiblemente, aquella en la que más me ha costado entrar, pero saltado ese escollo, uno se interna en ella como en cualquier otra de sus aventuras.

La novela intenta, en cierta medida, ser fiel al espíritu de la época, en parte porque la propia idea surge de una conversación tras haber leído unos manuscritos encontrados en Egipcio que datan de aquellos tiempos. A partir de aquí, la autora intenta introducir elementos con un valor que le otorgue ese poder histórico a la novela. Para mí, el principal tropiezo de esta. No porque sus datos sean erróneos, sino porque, en gran medida (quizás sea un problema de traducción, quién sabe), no tienen ningún tipo de interés para la trama. Así, se nos explica el calendario agricultor, y los sucesos vienen fechados de una forma que no veo que provea ningún interés o valor añadido. No lo digo por la información en sí, sino por cómo esta ha de ser explicada en una nota previa en lugar de aprovechar la propia novela para hacerlo.

Dichas estas tonterías mías, que en realidad poco tienen que ver con el libro y su trama, nos encontramos con una típica novela de la autora británica que no es exactamente una de sus clásicas novelas. Algo que la hace al mismo tiempo interesante y peculiar, y que permite que sus fieles lectores disfruten de una nueva forma de encontrarse con Agatha Christie y, por supuesto, de disfrutarla.

Nos seguiremos leyendo.

La venganza de Nofret (Agatha Christie, 1945) Reseña

Las aventuras de Sherlock Holmes – Sherlock Holmes 3 (Arthur Conan Doyle, 1892) Reseña

Recuerdo como una de mis primeras lecturas «adultas» aquel Asesinato en el Orient Express con el que Agatha Christie me introdujo en el mundo del misterio. Por aquellos tiempos no leía tanto como ahora, y esa novela fue una de esas lecturas que te van acercando a los libros. Desde entonces he leído muchas cosas y el género detectivesco, si bien es algo que sigo disfrutando con cierta frecuencia, no queda tan cerca de ser para mí lo que un día fue. Aun así, estoy muy agradecido a esas novelas, a como instigaron mi curiosidad y me llevaron de un detective a otro. Y, si entré en este mundo con Poirot, no creo que tardase mucho en descubrir a Monsieur Dupin, y, más tarde y con otras formas, al detective que, probablemente, más popular se hizo en todo el mundo y sobre el que hoy escribo.

Las aventuras de Sherlock Holmes es la primera colección de relatos que se publicó con este particular personaje como protagonista. Narradas por su querido compañero, el Dr. Watson, en este volumen encontramos 12 historias que nos muestran una nueva cara del personaje o, al menos, una nueva forma de conocerlo. En esta serie de aventuras el detective se verá envuelto en un variado surtido de tramas e investigaciones que, si bien no nos introducen en su narración con la profundidad que podemos encontrar en sus novelas, ofrecen un interesante enfoque bastante más moderno que sus dos primeras aventuras.

Si bien Arthur Conan Doyle ofreció una buena presentación al personaje y nos permitió ahondar en el detective en sus primeras novelas, en esta ocasión, y haciendo uso de una serie de narrativas mucho más breves, se nos presenta una estupenda oportunidad para descubrir más facetas del mismo (y de su querido Watson, por supuesto). Esta colección de relatos, como todos, tiene unas lecturas más interesantes y otras menos memorables, pero en su conjunto se perfilan como una buena selección de historias. Una en la que el autor se permite, manteniendo ese estilo suyo, descubrir una tras otra distintas aventuras y habilidades del famosísimo Sherlock Holmes.

Personalmente no le puedo poner muchas pegas a un libro como este. No sólo cumple con su cometido, sino que nos permite conocer una faceta mucho más divertida, tanto del autor como de su personaje, y al mismo tiempo mantiene toda la tensión y complejidad que su protagonista añade, de una forma u otra, a cada una de sus aventuras.

Tengo entendido que, a partir de este punto, la mayor parte de las correrías de estos personajes se centran en este formato, lo que me produce una cierta curiosidad, pues, si bien es cierto que he disfrutado de esta serie de relatos y, personalmente, me gusta más esta forma de enfrentar las resoluciones, en ocasiones puede parecer que todo toma un cariz demasiado apresurado. Por suerte no es una sensación que se dé durante la mayor parte de la lectura, así que en el fondo lo único que estoy deseando es saber cuándo volveré a toparme con esta pareja de investigadores y ver cómo continúan presentándose nuevas correrías y misterios.

Nos seguiremos leyendo.

Las aventuras de Sherlock Holmes – Sherlock Holmes 3 (Arthur Conan Doyle, 1892) Reseña

Teogonía, Trabajos y días, Escudo y Certamen (Hesíodo) Reseña

Creo que la mitología griega es algo que, más o menos, nos despierta a todos cierto interés en algún que otro momento. Ya sea por el cine, la televisión, la literatura o, simplemente, por historias que de alguna forma todos conocemos en parte. Es uno de esos elementos que aparecen, aunque sea de refilón en la vida de todos. Más allá de que a mí me pudiese haber llamado la atención en la infancia, diría que fue Homero y su Odisea quien más me hizo interesarme por esta cultura. Poco a poco, principalmente en diferentes lecturas, he ido encontrando distintas referencias y conociendo historias y así, surgió para mí una curiosidad: el origen de estas figuras. Algo que quería conocer y que en todas mis búsquedas superficiales (porque buscaba lecturas, no la información en sí) me llevaba a un mismo texto, ese con el que hoy comienzo esta cuádruple reseña.

En Teogonía se nos cuenta la historia de estos dioses griegos. Se nos habla de su surgimiento, sus lazos familiares, su historia, la forma en la que su poder se reparte y como surgen unos de otros. Se nos plantea en este texto una especie de biografía de estos seres superiores y las distintas etapas por las que pasaron. Su segundo texto, Trabajos y días, puede ser visto como una especia de colección de consejos para la realización del cultivo. En él se explican los mejores momentos para la siembra, para la recogida de la cosecha, etc. Igualmente, podemos encontrar en esta lectura distintas narraciones que nos hablan de aventuras de dioses o héroes, con el fin de aportar valor a una narración que plantea que el fin último del hombre es trabajar, y que incita a hacerlo. Esto último no es poca cosa, pues la tercera lectura (si es que se puede llamar así) que encontramos en este escrito, es la de tomarlo como un manual para su hermano, quien le disputan las tierras, y al que exhorta a trabajarla y cuidarla y no abandonarla ni venderla como supone que alguien como él hará. Este volumen continúa con Escudo, una descripción del escudo de Heracles mientras se nos narra la batalla en la que este se enfrenta a Cicno, hijo de Ares. La última narración, que nadie atribuye al mismo autor, es Certamen. En esta historia se nos describe el enfrentamiento que, se cuenta, tuvo lugar entre Homero y Hesíodo, en el que se enfrenta la poesía épica del primero a la didáctica del segundo.

Lo primero que, creo, habría que aclarar aquí es que, oficialmente, sólo las dos primeras lecturas están consideradas como propias de Hesíodo. Sobre Escudo se especula que puede estar reconstruida a partir de fragmentos sí escritos por el poeta y haber sido completada, o finalizada, por otros aedos de la época. Pero la última historia, aquella que cierra este volumen, es claramente obra de un autor posterior y aunque hay varias referencias a esta historia, no parece nada seguro que dicho encuentro se produjera. Aun así, he de admitir que las diferentes referencias a Homero, tanto en algunos versos como en las diferentes notas y referencias que se encuentran en el libro, hacen que para mí sea imposible no hacer cierta comparación entre estos dos autores.

Mencionado esto, considero que una lectura como esta debe de apreciarse de, al menos, dos formas muy diferentes. La primera es a nivel histórico, un apartado en el que, para un neófito como yo, este texto tiene un valor incalculable. Cualquiera de las distintas lecturas que aquí se encuentran nombradas están repletas de un trasfondo histórico y cultural impresionante que nos acerca de una forma muy interesante a su época. El otro punto imprescindible, para mí, sería el valor literario, y este es más complicado. Para empezar, porque traducir un texto como este, de una antigüedad tan considerable, debe de ser complicado y nunca (supongo) se podrá trabajar sobre originales. Partiendo de este punto, el contenido que Hesíodo exhibe en sus dos trabajos me parece importante y sustancioso en cuanto a su contenido. Mi principal pega es de forma, ya que la ingente cantidad de dioses presentados en su Teogonía hacen que por momentos esta parezca una enorme lista que apenas puedo concebir abarcar. Algo similar me ocurre con Trabajos y días, cuyo contenido valoro e incluso he disfrutado, pero encuentro un poco falto de orden o continuidad.

Dicho esto, los cuatro textos de los que aquí se habla son textos interesantes en su base y básicos para quien, como yo, quiere conocer este mundo y su enorme mitología.

Por cierto, no soy capaz de valorar hasta qué punto es imprescindible, pero a mí me ha ayudado mucho encontrar un árbol genealógico y unas 30 páginas a doble columna con un glosario utilísimo (una herramienta que sé que volveré a consultar más adelante) en las últimas páginas del libro.

Nos seguiremos leyendo.

Teogonía, Trabajos y días, Escudo y Certamen (Hesíodo) Reseña